La energía que se desprende en los comienzos de la vida, cuando descubrir lo ya descubierto y reinterpretar cada momento como algo nuevo, se adhiere con la fuerza de la naturaleza a quanto coexiste en nuestras emociones important link.
Es la virulenta acción del símbolo imperecedero de la regeneración, junto a un hermoso árbol en su más espléndida etapa, lo que antecede a la subsiguiente fase de inherente decrepitud camino del olvido.
Pero solo hay desídia en la incomprensión, mientras que el propósito lleva una finalidad que el tiempo no marchita. Esa leve nostalgia placentera, proyectada desde el recuerdo, es la sustancia que impregna de modo indeleble a todo aquel añejo espacio vivido.
Las frías sombras que se arremolinaban bajo las primeras proyecciones argumentistas, del manto vegetativo de la ciénaga taciturna, comenzaron sumisas a elevarse después de permanecer desparramadas junto al vetusto árbol destartalado. Desamparada y retorcida estampa, enaltecida por un pasado de brillantes instantes y magnificado cuando rizos dorados de brotes luminosos asomaban al despuntar el horizonte mañanero, se mecía en un vaivén sedoso al paso de la brisa tempranera, entre la densidad del verdusco ramaje repleto de ingente frondosidad hojística.
Aquel antaño pedazo de naturaleza rebelde compartió complicidad con cada cita cuando presidía los efluvios de pensamientos amorosos, que al atardecer y en cada noche lunera, se encendían. Fue la fuente vivificante del comienzo de muchas pasiones, de promesas realizadas bajo la ensoñación del deseo y grabadas con la improvisación de un bisturí rudimentario que trepanaba su corteza, para dejar la huella de unos corazones perennes.
Las trémulas e inolvidables sensaciones que el tiempo convirtió en néctar diario, lo desnudó, y su silueta espectral trascendió la realidad fundiéndose con aquellas sombras que bailoteaban alrededor de su amanecer.